El sueño de la bóveda

Por Alejandro Mendizábal Cruz | Comunicación sabatino, tercer semestre

Caminaba surcando montones de pastura más crecidos.

Parecía que la montaña se acercaba a medida que caminaba, pero no importaba cuánto apresurara el paso, la imagen seguía inmóvil. Tuvo la sensación de mirar una pintura impresionista, casi como si los colores se combinaran un poco con el fondo celeste.

Lo placentero del pasto en las plantas de los pies fue sucumbiendo ante un repetitivo golpeteo, similar al goteo insistente del agua sobre algún guijarro.

Lo despertó un sonido atronador y estremecedor, repitiéndose una y otra vez. La oscuridad se volcó completa sobre su humanidad, abrió repetidamente los ojos, en caso de que las pestañas estuvieran demasiado pegadas por dormir de más. Nada, solo percibía esa oscuridad abrazante.

Los golpes no cesaban, y la oscuridad fue normalizándose.

Rodríguez pensó que alguna enfermedad lo aquejaba; quizá alguna droga -que hubiese consumido años antes- empezaba a tener efectos colaterales inesperados, incluso escuchó en su memoria a su madre, repitiéndIMG_20141018_134126ole lo abominable que le resultaba el exceso de su consumo de drogas y de alcohol. -Quizá tengo algo de residuos en el organismo… aunque, después de tantos años… no sé-.

Pensó también que podía ser una condición desconocida para él, una de aquellas trilladas experiencias sobrenaturales, o un viaje astral.

Intentó incorporarse, pero sintió el cuerpo entumecido, un dejo de dolor sutil recorría sus extremidades, y el hormigueo empezó de inmediato. -Bien, pensó- solo tengo dormido el cuerpo, quizá llevo mucho tiempo así y se ha dormido. Bien… es cuestión de paciencia-.

El hormigueo es repentino e itinerante y recorre distintas partes del cuerpo, incluso el rostro. Pero no cesa, y la sensación de calidez en las extremidades no llega.

Hace Rodríguez un intento fútil por incorporarse y por mover la manos. Logra, después de decenas de intentos, mover las manos y las descubre llenas de una especie de viscosidad cremosa, casi imperceptible, que les da una sensación de frío. Apenas los dedos y una parte de la muñeca se mueven y buscan intempestivamente encontrar un roce de familiaridad, alguna esquina que estimule la memoria, algún arañazo que resulte reconocible.

Su respiración se agita, empieza a hacerlo de forma consciente y percibe humedad, piensa; quizá hollín y barro, quizá tierra. Los latidos del corazón le avisan lo que en su mente no era, sino hasta hacía unos segundos, una de las pesadillas más lúgubres y espantosas que pudo haber imaginado. Las uñas no funcionan bien, si apenas las tiene al ras de los dedos, que se vuelve imposible asirse de algún objeto… principalrmente porque no hay ninguno.

Los golpeteos han cesado, el corazón le hiere el pecho, las uñas, probablemente ensangrentadas de la presión, se incrustan contra sus piernas queriendo contener la vorágine de sensaciones que recorren su cuerpo entumecido. Los dedos de los pies están empezando a despertar… -carajo, ¿qué me pusieron?, ¿qué pasa… qué pasa…?-

Ni siquiera los pensamientos pueden fluir con claridad mientras el cuerpo no responde. La cabeza se siente pesada, el mareo ya está aquí, y la oscuridad apabullante parece más pesada. -Ok, ok, tengo que relajarme… están… están… es que no puede ser, no puede pasar… tienes que despertar cabrón… tienes que despertar… Bien, tengo… tengo que controlar la respiración. No puedo, no mames no puedo, ¡NO PUEDO!-

Siente movimiento. Claramente hay alguien que está orquestando esta pesadilla, hay un responsable de esto, como en todo lo que ha vivido, Rodríguez sabe, a ciencia cierta, que hay un responsable, o varios, de lo que sucede en la vida.

El entumecimiento de las manos empieza a ceder, pero es tal la lentitud con que lo hace, que la respiración ya le ha lastimado, tanto que el pecho arde con cada bocanada; casi como si el aire hubiera adquirido el doble de espesor, como si se hubiera convertido en un ente que demanda su espacio y que está dispuesto a tomarlo a costa de lo que sea, incluso y sobre todo, a costa de Rodríguez.

-No hay aire… ya no hay aire. Abro los ojos, o los cierro. No puedo respirar con la nariz, pero la boca sí consigue un poco de oxígeno. Mónica… qué fue de Mónica… Mónica y su pasión por el orden… No, no le gustaría que le llamara, ni siquiera ahora-.

El movimiento es espaciado, casi convulso y totalmente autónomo; quizá un tanto similar al vuelo de algún ave, piensa, pero no puede hacer más que presenciar el movimiento de su entorno invisible en el más profundo silencio que ha conocido. Choca, se escucha metálico, se escucha terroso.

El sueño que tuvo nunca se fue, y ahora viene a redimensionar la tragedia y a embelesarla con posibilidades infinitas; la montaña otra vez se difumina con el azul celeste, una bóveda de belleza estrellada que, plácida, le sonríe desde la lejanía.

Un rumor de tibieza que le escala la nuca y se le acomoda en el pecho. La suave caricia de una brisa esperada pasa por su cabello y lo seduce gentilmente.

Casi ni percibe que sus manos ensangrentadas están enterradas en un tablón de madera que yace encima de su cuerpo lánguido.

Las gotas de sangre se sienten escurrir entre los dedos, y los gritos, los gritos de Rodríguez no son tan ensordecedores como él cree, apenas los percibe.

Las pasturas le acarician las plantas de los pies, el tintineo de los matices del dorado solar se junta danzante y repiquetea en los ojos… el movimiento libre y desenfadado siempre le recuerda a Mónica, le recuerda el aroma de la desnudez de Mónica, le recuerda lo controvertido del amor, y lo afable de su amante, su risa coqueta y su voz queda.

Ni siquiera repara en el hecho de que hubo más choques que arremetieron contra él, que el hormigueo nunca cesó porque no era de adormecimiento, sino porque eran (son) hormigas que, trabajadoras, transportan los diminutos montículos de tierra que se han filtrado y caído en la superficie de su cuerpo.

Nada duele, pero nada se siente. Un estado de liviandad que confunde; un poco de embriaguez y un poco de somnolencia. Las cuerdas vocales se han convertido en un torrente de ácido que escupe fuego y después lo ingiere de nuevo, fuego que después se incorpora al volcán en la cima de la montaña.

Y la bóveda, y los gritos, el pasto, las hormigas, y Mónica… qué sueño, qué cansancio.

Un poco de luz se asoma…

Todo un tiempo

Por Diana Jiménez | 1er. semestre psicología, sistema escolarizado

Quiero permanecer por un largo tiempo contigo para disfrutar lo que es el amor a tu lado, no quiero un amor “perfecto” de esos simples y sin emociones, quiero un amor loco con situaciones inesperadas, con sus altas y sus bajas, que en ocasiones nos molestemos por cualquier estupidez y que la reconciliación sea algo increíble, quiero pasar momentos vergonzosos de esos que se recuerdan toda la vida, quiero que en momentos juguemos como unos niños sin infancia, reír hasta que nos duela el estómago, que nos cuidemos como hermanos, quiero esa confianza como dos mejores amigos, qSelección_004uiero amarte como para envejecer juntos.

Quiero tener, vivir, un amor único de esos que dicen “les tengo envidia”, quiero compartir mis momentos de nena contigo, quiero que me veas llorar al final de una película cursi o el final de unos de mis tantos libros favoritos, quiero que me veas en mis momentos de pandrés y aun así te siga pareciendo la persona más perfecta del mundo, quiero que me veas reír hasta que se me vaya la voz, quiero conocer cada gesto de ti más de los que ya conozco.

Quiero verte al despertar con tus greñas mal arregladas, quiero estar contigo en cada situación de tu vida, en tus triunfos y derrotas, en tus preocupaciones, en tus tristezas y alegrías, quiero ser esa persona que te alegre el día, esa persona que al recordar cuando tengas un momento malo te dibuje una sonrisa en el rostro, quiero que soñemos juntos un futuro, que fantaseemos por un rato. Quiero que seas una parte bonita en mi vida, quiero que me ames y hagas que te ame, que nos amemos mutuamente.

Quiero un amor de esos que no se acaban fácilmente, de esos que crecen a medida que pasa el tiempo, quiero a una persona como tú a mi lado por un largo tiempo, quiero a alguien como tú porque amo tu manera de ser, amo tu sonrisa, amo tus gestos, tu forma de pensar, porque me encanta esa forma en que me miras cuando te das cuenta que me he perdido de nuevo en tus ojos mientras me contabas tus anécdotas, amo cómo me abrazas, cómo me atraes a ti así con tanta sutileza, te quiero aquí conmigo por esas cosas y por tantas más, y te amo por hacer que escriba de esta forma tan mía.

Opino lo contrario

Por Citlali Clavijo | 1er. Semestre de comunicación, escolarizado

La vida ha logrado derribarme
y poner fin a mis sueños,
incluso contra todo
no ha matado mis pasiones.

Sí, me he caído.
Con el tiempo me levanto
y mis ilusiones mueren,
pero en el acto las revivo.

No importa cuán ardua sea la situación,
sigo caminando siempre
con el corazón en pleno sueño
y atesorando en mi faz una sonrisa.

Nada pone freno a mis andares,
siembro pasos firmes
con la mente en foco.

Nunca faltan voces
que me auguran cien fracasos:
opino lo contrario.

Pero aunque así parezca,
no me ha ganado nunca la pereza,
cada día pude levantarme
para gozar la vida,
bella y dura a un tiempo.

Noctívago

La hormega:

Un poema de JPP

Originalmente publicado en :

Inacabable

Por Juan Pablo Picazo

Tortuga, burbuja o laberinto,
no hay misterio
en lo que ninguno entiende:
heme aquí hilvanando versos
sin acceder al código
que tejió mis huesos.

Atisbo sombras,
comprendo las voces
que se ocultan,
y conozco los rostros
escondidos en las paredes,
pero nunca leo claro
las líneas de mis propias manos.

No hay quien,
no hay cuando,
sólo unos candados viejos
guardando antiguas puertas
ante nuestros ojos
y retando nuestras manos.

¿Seguiremos andando
en laberintos para probarle
nuestro ingenio a las medusas?

Nada importa más
que nuestra colección de absurdos,
humana especie suelta
que con una mano inventa
y otra ignora.

Ver original

El aleccionador

Por Eloy Gama Serrano | 5o de comunicación, escolarizada

 

Es de sobra conocido que la pluma de Daniel Defoe creó la novela inglesa. Sólo discuten este honor Samuel Richardson y Henry Fielding, escribiendo el primero su mejor obra, Pamela, en 1740 y siendo el mismo año el momento en que comenzaron a ser escritas las mejores obras del segundo.

Defoe y su Robinson Crusoe se adelantaron veintiún años; la famosa obra fue publicada en 1719. La cuestión de la paternidad de la novelística inglesa se halla en un sencillo hecho: Richardson y Fielding fueron más “artistas” que Defoe. La grandeza de este último yace en su habilidad narrativa: la aptitud para contar una historia sin hendiduras, producto de una visión atenta desarrollada en su labor como periodista.

Algunos lectores encuentran en la obra de Defoe un problema de prosaísmo: la excesiva llaneza del relato, la trivialidad de los conceptos. Jaime Torres Bodet, intelectual mexicano y meticuloso lector escribió sobre Robinson Crusoe: “Busco ahora en vano, en la páginas de Defoe, la descripción de un atardecer o de un plenilunio no utilitarios. El paisaje –en su libro- es en ocasiones un cómplice, a menudo un socio, rara vez testigo, nunca un poeta… en la choza de Robinson todo es práctico e importado”.1

daniel-defoeY, sin embargo, la prosa de Defoe no carece de poesía, resulta inimaginable mantener la atención del lector a una línea argumental tan sencilla: un joven que emprende una aventura marítima, es arrojado a una isla que, en apariencia, jamás ha sido habitada, sobrevive a los infortunios que le deparan durante veintiocho años y emprende camino de vuelta a casa donde retoma su profesión.

El problema con Daniel Defoe en opinión de Anthony Burguess es “la forma llana, el vocabulario austero y el tono de moralista y de pequeño profeta”.2 Defoe, cuyo nombre de nacimiento era Daniel Foe, nació en una familia presbiteriana. La lectura de la Biblia era habitual para su familia. El padre de Daniel, James Foe, estaba convencido de que la peste de Londres de 1665 y el gran incendio el año siguiente eran castigos divinos. En Daniel Defoe, además de encontrar al padre de la novela inglesa y uno de los pioneros en el periodismo económico, observamos a un aleccionador.

Comparando la literatura griega con la Biblia Hugo Hiriart cita al crítico literario alemán Erich Auerbach: “Los relatos de la Biblia no buscan nuestro favor, no nos halagan a fin de embelesarnos, lo que quieren es dominarnos […] en ellos se encarnan doctrina y promesa fundidas indisolublemente”.3

Robinson Crusoe es el relato de un hombre que rescata la civilización en un mundo donde sólo vive él aferrándose a los objetos que puede salvar; el más importante de ellos, la Biblia. La soledad, el interminable mar y el profundo cielo abren la posibilidad a Robinson Crusoe de la vivencia con Dios sin intermediarios. Robinson no deja de “asistir” a misa, como tampoco lo hizo Defoe incluso cuando esto suponía la posibilidad de encontrarse con sus acreedores, quienes lo hostigaban para que pagase sus deudas.

Ya en El instructor familiar,Defoe apuntaba consejos acerca de la educación de los hijos con una evidente influencia religiosa. Por su parte, Moll Flanderses la historia de una mujer que se mueve astutamente para conservar la clase social, pero que arrepentida regresa a Inglaterra para vivir en penitencia por su vida de pecado.

Podemos leer en Defoe a un aleccionador, a alguien que intentó educar a la clase media que lo encumbró. Un instructor de masas. Un religioso que vivió sus creencias con mayor pasión incluso que con la que defendió sus ideas políticas, siendo estas motivo de prisión en ocasiones. Podemos leer a alguien que escribió de fe sin escribirlo. A alguien cuya primera lectura fue la Biblia.

Si el paradigma Dafoenaiano persiste en nuestros días es motivo de curiosidad preguntarse si la primera lectura de quienes escribieron lo que Stephen King llama “porno para mamás” o “porno para adolescentes” fue tan determinante. Mayor curiosidad y expectación me provoca saber qué escribirán quienes viven con tanta pasión la (primera) lectura de Crepúsculo o 50 sombras de Grey.

1 TORRES BODET, Jaime. Tiempo de arena, Cap. V. Fondo de Cultura Económica.

2 BURGUESS, Anthony. Introducción a Daniel Defoe. The Penguin English Library. Londres. 1996.

3 HIRIART, Hugo. Biblia y literatura. Letras Libres. http://www.letraslibres.com/revista/letrillas/biblia-y-literatura

 

1996, En algún mes, algún día…

Por Anahí Domínguez | 5o de comunicación escolarizado

No soy de las personas que suelen recordar cosas con exactitud, cumpleaños o fechas aparentemente importantes. Tengo que hacer una excepción. Mi profesor de Literatura, J.P. Picazo, me pidió hacer un ensayo sobre el primer recuerdo que tengo de estar viva (es todo un reto, debo decirlo).

Hay tres cosas en la vida que me pueden hacer llorar: 1. Cuando veo llorar a alguien más. 2. La frustración 3. Y recordar. Desde hace seis horas (exactamente) no he logrado poder obtener ni un mísero recuerdito, sólo son difusas imágenes. Por tal motivo recurrí a mis papás para que me ayudaran.

Le pregunté a mi papá qué edad tenía cuando me regaló el perrito de peluche que holgazanea en mi cama, fue vana la pregunta, había olvidado que de él heredé la memoria a corto plazo. Por eso decidí ir con mi mamá, ella se acuerda de todo, hasta el mínimo detalle.

Lo mejor de oírla recordar es que puedo regresar al pasado, cuando ella comienza a relatar, nada puede detenerla. Quizá lo que más me impacta es que, siempre que vuelvo, el recuerdo es diferente. Y sí el recuerdo es diferente uno acaba siéndolo también, porque ahí están las raíces y sí mis raíces cambian, también cambiará mi tronco.

Comenzó hablando sobre el momento en que nací, mi peso, qué tan pequeña era. “Eras una ternura”, comentó presionando mis mejillas. ¿Era? ¿¡O sea que ya no lo soy?! Como sea…

Antes de que mi madre se soltara en un mar de lágrimas, decidí platicarle los recuerdos que tenía y que ella me fuera diciendo el orden cronológico correcto. No funcionó, porque a pesar de ello, lloró un poco.

Íbamos imagen poranahí imagen, hasta que recordamos el desagradable y amargo ayer. Todo tenía sentido.

Creo que olvidé mencionar esa parte, tuve una infancia un poco, digamos, triste. A los pocos meses de que nací, mi mamá repentinamente enfermó de LES, una enfermedad autoinmune crónica. Meses más tarde, la enfermedad avanzó a los riñones, volviéndola crónica (que es la primera etapa) y tiempo después se tormó en terminal (última etapa). Los pacientes de LES, tienen síntomas, entre muchos otros, de bipolaridad.

Mientras mí mamá y yo platicábamos, vino a mí una imagen como flashback. Tenía un año (según dice ella) cuando ella le determinaron insuficiencia renal terminal, lo que conllevaba todos los síntomas, no sólo en ella, sino en toda la familia.

La bipolaridad no es controlable en el paciente, por lo tanto, la familia debe sobrellevar y comprenderlo. Pero, ¿cómo haces entender a una pequeña de un año y a otra de dos? ¿Cómo les enseñas que deben sobrellevar a su mamá?

Era 1996 vivíamos en Altavista, en un departamento de casas GEO que se encuentra al norte de Cuernavaca. Ahí es dónde obtengo mi primer recuerdo. Tenía un año. Dice Alex (mi mamá), que mi hermana y yo éramos inquietas y juguetonas, como cualquier personita en esa edad, claro. Ella ya presentaba síntomas de bipolaridad, convertía en algo difícil la comunicación y trato no sólo con mi papá, sino también hacía nosotras. Recuerdo que esa ocasión, estábamos llorando y mi mamá se desesperó de oírnos a las dos gritando y llorando. Ella nos pegó y jaloneó tan fuerte que sólo se empeoraron las cosas.

Recuerdo que mi hermana y yo pegábamos en la puerta gritando por mi papá, que viniera por nosotras y nos llevara con él a su trabajo. Recordar es duro y difícil. Mi mamá cree que es necesario pedirnos perdón. Yo no lo creo, nada fue intencional.

La ciencia médica le daba cinco años de vida nada más. Hoy tengo 20 años y mi mamá aún está con nosotras. Con los mismos síntomas, la misma enfermedad terminal, el LES apagado, pero no es ni está como antes. Las cosas han mejorado.

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Trabajo realizado para la materia de Literatura I como exploración del tópico literario “¿Cuándo supe que estaba vivo?” a propósito del Tempus fugit, recurrente en la literatura universal.

Publica Letras abiertas su primer libro digital en Issuu

La Universidad Americana de Morelos (UAM) publicó este lunes 26 de mayo Letras abiertas, su primer libro en formato digital, informó Juan Pablo Picazo, director de comunicación del Grupo Educativo Americano (GEA).

Explicó que el volumen es una recopilación de textos publicados en el blog Letras abiertas, y que su edición inició hacia diciembre de 2013 como una forma de conmemorar el primer año de actividad de dicho medio de expresión, cumplido el pasado mes de noviembre.

LibroAgregó que Letras abiertas reúne 30 piezas literarias de 18 autores entre estudiantes, docentes y egresados de las licenciaturas de comunicación, diseño gráfico, Educación y Gastronomía de los sistemas escolarizado y sabatino.

Entre los autores se cuenta a Ana Laura Ocampo Nolasco, Mishelle Barrera Badillo, Karla Nereyda Díaz Domínguez, Anahí Domínguez Flores, Arturo Escajadillo Villanueva, Eloy Gama Serrano, Rebeca González Villegas, Patricia Muñoz Caballero, Alain Artola Yllescas, Elvia Popoca Vega, Erick Ricardo Orozco Adán, Violeta Karen Sales Muñoz, María de Lourdes Fiesco Ponce, Lizoki Marissy Román Reyes, Zicri Ximena Pavón Macías, Miriam Picazo Angulo, Claudia POérez casiano, todos ellos estudiantes, y la profesora Gabriela Tapia vega.

Finalizó recordando que The magic book, obra que se encuentra en la portada, fue donada por Brian Chávez Martínez, y explicó que el libro digital puede leerse o descargarse de la cuenta de la Universidad Americana de Morelos en Issuu, red social especializada en publicaciones, en este enlace.

Entonces descubrí que estaba viva…

Por Karla Díaz | Comunicación escolarizado, 4o. semestre

Era un sábado como cualquiera, me levantaba como de costumbre muy temprano, veía mi programa favorito mientras poco a poco me vestía para que a mediodia ya estuviera totalmente lista. A esa edad, a los seis años cualquier cosa es importante, divertida y nueva, esperaba ansiosa a que papá me dijera como cualquier sábado:

-¡¡Vámonos a jugar!!

Y por fin llegó la hora, papá nos llamó, lamentablemente tenía que ir con nosotros a todos lados mi hermano mayor Emmanuel, quien era mi tortura, un fastidio constante y como siempre, me quitaba el lugar del copiloto, aunque no era por mucho tiempo, porque mi papá enseguida lo pasaba a la parte de atrás para preferirme a mi como compañía principal, y ese sábado no hubo cambio alguno en aquella constante rutina.

Y llegamos a la cancha de soccer, a ver como jugaba mi papá, divertirnos en los alrededores de la cancha, para jugar y correr bajo los árboles frondosos, recuerdo que ese día sentía inigualable el viento que acariciaba mi rostro, corría como dueña de aquel lugar por todos lados, hasta por el espacio más pequeño, pronto mi estomago gruñía furioso, era la hora exacta de comer, o mínimo botanear, bastaron algunos segundos, para que después le comentara a mi hermano que teníamos que pedir algo para comer, en la cafetería que estaba a unos pasos de aquella cancha, mi hermano me acompañó pedimos unas hamburguesas y dos refrescos enlatados, lo bastante fríos como para que nos pudieran refrescar un poco, no tardaron más de un minuto para que la mujer que atendía en aquel lugar nos diera primero los refrescos, mi hermano me dio mi refresco de manzana abierto, lo tomé, ¡era tan delicioso!.

abejMientras platicaba tranquilamente con mi hermano decidí darle a mi refresco el segundo sorbo, no pude imaginar lo que estaba a punto de pasar. Sentí varios calambres picoteaban mi paladar, como un taladro en una pared, dejando varios hoyuelos, sin embargo esos calambres continuaban furiosos, después de tres había perdido la cuenta de cuántos más habían sido en total, Sentí cómo poco a poco me iba desvaneciendo en el piso, pero al momento de escupir mi segundo y último sorbo en el suelo empastado, me di cuenta no habían sido calambres sino los piquetes de varias abejas, en mi paladar.

Después de eso no recuerdo nada más. Flashazos vienen a mi mente, sentía como mi hermano introducía su dedo en mi boca y retiraba los aguijones, desesperado; escuchaba su voz a lo lejos llamándome, después sólo recuerdo a mi papá conduciendo preocupado, y volteando a la parte de atrás del auto donde me encontraba recostada, preguntando constantemente cómo me sentía, cómo estaba, me aseguraba que iba a estar bien, me daban leche y ajo, no entendía por qué sin embargo tenía la esperanza de que eso me hiciera sentir un poco mejor.

De pronto desperté en un lugar desconocido, eché un vistazo a mi muñeca que sentía extraña y pude ver una aguja, al volver la mirada para analizar el lugar descubrí que no era tan desconocido, me encontraba con nuestro doctor familiar y amigo, mis papás y mi hermano me sonrieron y yo les devolví la sonrisa después de sentir una extraña sensación de alivio; era hermoso verlos ahí, y ver cómo todo volvía a tomar el sentido de siempre.

Meses después nos enteramos de que mi abuelo estaba muy enfermo, aun no eran vacaciones, no comprendía porque teníamos que viajar de urgencia hasta Tamaulipas, mi mamá no me dio explicaciones pero recuerdo que me dijo que experimentaría la sensación de estar en un avión, la propuesta fue tentadora y me dispuse a ir, además no odia ser tan malo, tal vez podría ver a mis primos y podíamos jugar, tal vez mi abuelo se uniría como siempre.

Lamentablemente las cosas no estaban tan lindas como las había imaginado, recuerdo que solo vi a mi abuelo una vez y no pude ni acercarme a él, se lo llevaron al hospital inmediatamente, no había nadie ahí, ni mis tías, ni mis primos, ni risas, nada.

Al día siguiente sólo recuerdo a mis tías llorando en la sala de aquella casa, sentí como el ambiente se tornaba poco a poco pesado y como ese peso me iba derrumbando a mí, tenía ganas de llorar, no quería preguntar nada, sabía la respuesta, aunque no la comprendía, sabía que no me gustaría entenderlo a fondo, ¿por qué siempre me llevaba sorpresas indeseables? decidí callar y abrazar a mi madre, que estaba completamente destrozada.

Llegando al lugar donde velaron a mi abuelo, esperaba verlo ahí, pensaba que era alguna fiesta o algo así, que se habían reunido para verlo, y vaya sorpresa. Un tío al cual aprecio mucho me preguntó que si quería ver a mi abuelo, sin pensarlo dos veces contesté entusiasmada un enorme sí, mi tío tomó de mi mano, me llevó hasta un cuarto donde había varias sillas ordenadas y personas calladas, aquel lugar era tenso. En el final del cuarto había una enorme caja.

- ¿y mi abuelo? Pensé.

De pronto mi tío me cargó hasta que pude ver por encima aquella caja de madera, en la cual se encontraba aquel hombre, enfermo, cansado, pero tranquilo, mi abuelo, esa fue la última vez que pude verlo, y entender completamente que en cualquier momento podemos abandonar el espacio físico por el cual transitamos a diario, comprendí que no saber cómo ni cuándo puede angustiar, pero sin embargo no nos debe preocupar, porque si nos acompleja, dejaríamos de vivir con nuestra total esencia.

Recuerdos

Por Jovani Olguín Ortiz | 2o. Diseño gráfico escolarizado

El auto se ha detenido frente al buzón, de él desciende un hombre de aspecto lánguido, apoyado en su bastón de madera, el anciano se detiene y levanta la mirada, observa la antiquísima choza en la que algún tiempo vivió en su adolescencia. Ahora luce abandonada.

Sobre el tapete de la entrada se posa un perro macilento, pareciera que ha estado cuidando la vivienda. El tiempo ha pasado volando, el paupérrimo anciano entra y los recuerdos se disipan por todos los rincones del hogar, sobre la mesa se encuentran los vestigios de sus pasiones, las novelas que le gustaba leer, aquellas historias que lo alejaban de los problemas de la sociedad de aquel tiempo.

SAM_3253El salitre cubre los muebles, pareciera que ha ocurrido un temblor, algunos objetos le impiden el paso. Al fondo sobre un estante vetusto, se alcanza a ver una fotografía enmarcada pero no logra distinguir de quien es el rostro, trata de pasar entre un vericueto de cosas, para apreciarla mejor. Forcejea. Al ganar paso, toma la fotografía y su expresión queda hierática, la imagen muestra a un joven con un ropaje fino y actitud sobresaliente. Pero muestra también lo contrario, que su familia nunca había sido como las demás, que disponían de muchas posesiones y una buena educación, ahora esos recuerdos baladíes son los que harían que el tiempo envejeciera todo a su alrededor.

Al salir de la incertidumbre cae en la cuenta de que se había marchado sin motivo alguno, alejándose solo de los problemas y dejando a su familia, la cual ya no estaría a su volver dejándolo en una eterna soledad hasta la llegada de su óbito. Nota también que en su ausencia se perdió de estar en el fallecimiento de su madre, lo cual le marginaría toda su vida hasta su vejez, y aunque faltaba para ello en realidad lo único que había logrado era que su alma envejeciera.

Ahora que de algún modo lo tiene todo, todo lo ha perdido. La incertidumbre y la confusión corren por sus venas y no sabe cuál sea su futuro, si alguno queda. Es como un personaje cuyo autor le niega un final, condenándolo al instante. Quizá esté bien así, quizá no lo merece.